Toute une nuit – De sinfonías urbanas.

Por Sofía Lena Monardo.

Todo sucede en una única noche en Bruselas. Los cuerpos juegan a encontrarse y desencontrarse. Una gran orquesta urbana se forma en la trasnoche, en el insomnio. Casi una decena de parejas disímiles conforman esta sinfonía. En un relato coral de pocas palabras y mucho contacto.

Es evidente la constancia vanguardista de Chantal. En su noveno largometraje observamos la insistencia en descontracturar el relato clásico, en jugar con el mismo aparato cinematográfico y sus medios para poder hablar del cine en sí mismo. Como realizadora mujer manifesta problemáticas en torno al deseo, a lo voyeur, a aquello reprimido, la posición de la mujer en la casa, sus lazos como mujer – madre, la soledad y las relaciones que se llevan a cabo alrededor de esto. Chantal ahonda en las profundidades emocionales, muchas veces personales, creando un cine feminista. La sutileza de su gesto impide categorizar su cine, aunque podamos hablar de un cine moderno.

La forma ritual del film evoca a hombres y mujeres que se encuentran y desencuentran.
Ritual y como tal, coreográfico. Café Müller de Pina Bausch es la referencia más específica que encuentro. La insistencia en ese abrazo que se desarma, y se repite una y otra vez sin parar aumentando el ritmo hasta el cansancio.

 

                                Cafe Müller de Pina Bausch. 1978

                              Frame de Toute une nuit de Chantal Akerman. 1982

Los cuerpos se mueven en el espacio, se encuentran, colisionan y se separan. Se abren puertas y ventanas. La noche es cálida. Cada cuerpo fuga para lugares distintos. Las calles con perspectiva marcada donde los personajes parecieran girar sobre ello. Siempre se muestran los escenarios, café, calle, hotel, etc. Escenarios que duermen casi inmóviles donde la danza los reavivan.

El tema es el amor. La búsqueda constante en entender la esencia del mismo. Cada pareja (donde por momentos son tres), se configuran como desesperadas por ese amor o desamor. La noche produce sombras duras y marcadas donde muchos encuentros terminan perdiéndose en la oscuridad. En cada huida la cámara se detiene un momento manteniendo el plano estático mientras vibramos la escapada de ese cuerpo que ya no está en el espacio. La fotografía es intensa y cuidada. Unos años 80 marcados en la ciudad y en el vestuario que se deja volar fácilmente con la danza. Todos los elementos están puestos para intensificar el sentir de cada pareja. Los diálogos son pocos, casi nulos, pero apasionados. El bolero que aparece de fondo en algunas circunstancias nos sumerge en el sofoco de la noche, la angustia y la tensión sexual latente. Así también trabajan los silencios constantes, donde aquello que no se dice en palabras aparece con el cuerpo.

Cómo sinfonía urbana Toute une nuit construye un relato múltiple y fragmentario. Ir de lado a lado. Se genera una confusión al tratar de seguir a cada personaje donde por momentos parecieran mezclarse, pero no es lo que le preocupa a Akerman. Su intención es clara: componer en la trasnoche el encuentro (des)amoroso de cuerpos ansiosos. Nadie puede dormir con el corazón estrujado.

Akerman logra combinar la inquietud narrativa con la serenidad del punto de vista. La cámara no se desespera como lo hacen los personajes. Hasta que se hace de día. La ciudad despierta. Aparece la resaca de los encuentros. La luz es fría.  Aún nadie logró dormir; al punto tal, de que un personaje se atreve a mirar a cámara. 

Una tormenta aparece en la ciudad. Se escuchan truenos.
La secuencia final remarca la insistencia de los personajes por mantenerse en ese encanto, tratando que el despertar de la ciudad y su cotidianidad no los devore por completo.

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