Creí que eras una piba de acá

Por Cecilia Laura Martínez Ruppel

Si hay algo que me fascina es hacer cursos. Dejando de lado lo académico, pues estudié periodismo, a lo largo de mi vida fui a talleres de crítica literaria, poesía, encuadernación, cocina natural, meditación, fotografía, ilustración y bordado, entre muchos otros, un poco porque soy hija del rigor y la constancia me sirve y también porque el compartir con otros apasionados en un área determinada me enriquece. En la novela que estoy leyendo, “Regina, 2 de octubre no se olvida”, un viejo best seller mexicano de Antonio Velazco Piña, hay una frase de la que tomé nota; es sencilla y dice: “Hay mucho que estudiar para poder estar seguro de no saber nada”. Así voy por la vida, intentando encontrar esa certeza.

Así y todo, no tengo dudas de cuál fue uno de los talleres que más me enseñó en toda mi vida y era bastante atípico. Para llegar a cursarlo tenía que levantarme bien temprano, tomar un colectivo y de ahí una combi envuelta en cumbia e historias oscuras que me dejaba en la puerta de una mole de cemento en medio del campo. Entonces debía dejar mi documento de identidad, pasar una reja, caminar unos doscientos metros, meter la cartera por un scanner, dejar el teléfono en un locker y cruzar otras dos o tres puertas más. Eran dos horas de viaje de ida y dos de vuelta, pero valía la pena.

Materiales ni necesitaba, así que no llevaba más que cuaderno y lapicera, pero sin esos elementos hubiera aprendido igual. Las docentes eran mujeres. A veces las mismas y a veces cambiaba el grupo. Algunas clases eran dos o tres y otras llegaban a unas doce, de diferentes procedencias y edades. Chicas de España, Bolivia, Bajo Flores, de veinte-pocos, de cuarenta, de sesenta y pico, dulces criaturas y señoras experimentadas, rebeldes y doñitas.

Hablo de un taller de escritura y periodismo que dicté en la cárcel de mujeres de Ezeiza en el marco de la organización YoNoFui. Un espacio al que llegué entre entusiasmada y abrumada (más de incógnitas que de expectativas) y que pronto se convirtió en mi lección de la semana. Me convertí en la que aprendía. Iba en calidad de docente junto a mi compañera María, pero si bien lo sistémico era necesario para organizar las clases los roles no tenían demasiado sentido allí: éramos todas mujeres que amábamos la libertad y eso era suficiente para reunirnos unas horas alrededor de un mate y galletitas a desenredar nudos, compartir ideas y experiencias, hablar y hablar de emociones, leyes, alegrías e inmensos dolores.

Recuerdo los viajes de regreso a casa, la caminata hasta la redacción en la que trabajaba en el barrio de Palermo. Siempre iba pensando en mi vida en relación a lo que acababa de conversar, enterarme o vivir en la sección de Educación del penal. Siempre algo aprendido, un insulso drama interno a relativizar, una invitación a practicar el desapego, la tolerancia, la unión y la valorización del cuerpo, de las relaciones, de los espacios propios y, por supuesto, de la libertad.

Una mañana helada llegué y tuve que esperar bastante a que vinieran las chicas. Era usual, porque el servicio penitenciario solía declarar sorpresivamente requisas, cierres del paso –lo que impedía a las internas salir de su respectivo pabellón- o lo que fuera. Estaba sola en la puerta del aula de cara al patio en donde un cuadrado de cielo permitía ver pasar alguna que otra paloma cuando se me acercó una mujer joven y me dijo: “¿Y vos quién sos?” Le respondí que Cecilia, que iba a dar un taller de escritura y periodismo y me pidió disculpas por lo que ella consideraba un error: “Creí que eras una piba de acá”. Pensé mucho en esa frase. En las cosas que no me hacían una “piba de acá” y en las que sí. En los territorios y los espacios. Una piba de acá del Planeta Tierra, una piba Latinoamericana, de Argentina, de Capital, del género femenino, ¿De este lado de la reja o del otro?

Mientras tanto participaba de otra instancia más: dar clases a mujeres que ya habían salido del penal. Nos encontrábamos en Bonpland y Honduras, al lado del mercado, a charlar, escribir, leer, debatir artículos de grossas como la socióloga, historiadora y feminista boliviana Silvia Rivera Cusicanqui o la francesa Virginie Despentes, autora de Teoría King Kong. Ahí teníamos gatos a los que dábamos de comer. A veces llegábamos y estaba todo lleno de plumas y sangre porque habían atrapado alguna paloma.

La cadena se repite en todos lados. El más fuerte atrapa al más débil, se lo come para sobrevivir y a veces incluso lo zarandea de acá para allá por diversión nomás, a modo de juego perverso. Sin embargo, nosotras ahí adentro éramos todas iguales, no había jerarquías ni diferentes especies.

Todas humanas, cada una compartía su cualidad más desarrollada para contener y ayudar a las demás. Nos acompañábamos y festejábamos. Íbamos aún cuando no teníamos muchas ganas de madrugar porque valorábamos esos encuentros, un tesoro preciado en mi día favorito de la semana porque era el que me permitía verme en diferentes espejos de carne y hueso con mayor claridad.

Desde hace un tiempo mi existencia me lleva por otros caminos y estar de viaje constantemente me impide continuar colaborando con YoNoFui de manera estable. Sin embargo, ahí siguen las mujeres-maestras. Lili, Eli, las Marías, Lore, Cari, Eva… Forman un colectivo editorial con el que logramos publicar la revista YoSoy, dan entrevistas a la tele, escriben, participan de foros y debates, esparcen su magia por ahí. Porque YoNoFui, incluso con Juan Pablo, Rosendo, Ale, los hombres que participaron o participan, somos una sola que va mutando hace años hacia el mismo propósito: la igualdad, los mismos derechos, la libertad para todas las mujeres que es La Mujer, siempre la misma.

Jamás en mi vida me voy a olvidar –lo escribo y se me pone la piel de gallina- del día en que estaba dando clase en el penal y comenzó a nacer en el aire un ruido cada vez más intenso que invitaba a quedarse paralizado. Cuando pregunté qué pasaba me explicaron que alguien se iba de la cárcel y ese golpear de rejas era la manera de las demás mujeres de despedir a la que lograba salir. Ni como la docente más brillante de comunicación hubiera podido escribir un mensaje que dijera tanto de manera tan hermosa y salvaje.

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