S A V I A

Como flores, que surgen en lugares insospechados, combinaciones maestras, endémicas, resistiendo como nadie la sal del mar y la sequía, frugales, viviendo entre arenales sin nutrientes y termófilas. Con hojas pequeñas o escamas, resistiendo, cubiertas de pelillos finos para atrapar las gotitas de agua en suspensión, soportando los fuertes vientos costeros.

Juniperus turbinata, Lobularia marítima, Thymus camphoratus, Teucrium vicentina Cistus palhinhae, Armeria pungens, Carpobrotus edulis, Halimium calycinum, Astragalus tragacantha; todas las minorías intoleradas, oprimidas, explotadas, resistiendo y diciendo: “¡Estamos vivas, sobrevivimos!”.

Somos lesbianas en San Francisco, negra en Sudáfrica, asiática en Europa, chicana en San Isidro, anarquista en España, palestina en Israel, indígena en las calles de San Cristóbal, judía en Alemania, feminista en los partidos políticos, comunista en la post guerra fría, presa en Cintalapa, encerradas en los cíes, pacifista en Bosnia, mapuche en los Andes, maestra en la CNTE, artista sin galería ni portafolios, ama de casa un sábado por la noche en cualquier colonia de cualquier ciudad de cualquier pueblo del mundo, guerrillera kurda, huelguista, reportera, mujer sola por la calle a las 2 de la mañana, jubilada con pensión precaria, desahuciada, campesina sin tierra, editora marginal, obrera desempleada, enfermera sin plaza, estudiante inconforme, disidente en el neoliberalismo, escritora sin libro ni lector, y seguro, zapatista en el sureste mexicano.

SER HUMANO, cualquiera, en este mundo, minoría intolerada, oprimida, resistiendo, explotando, diciendo “¡Ya basta!“. buscando una palabra, nuestra palabra, lo que devuelva la mayoría a las eternas fragmentadas, nosotras.

Todo lo que incomoda al poder y a las buenas conciencias, somos flores invisibles a los ojos que nos niegan, nos creyeron prescindibles pero creamos el oxigeno y damos la vida, somos plantas, solas y libres, pero viviendo en sororidad como los arboles de un bosque, somos sonámbulas atormentadas por pesadillas que encerraron nuestra imagen en cuadros sellados. Renunciándonos, solo cuando quebramos el espejo recuperamos nuestra imagen. Somos el viento que fluye y canta porque nuestros huesos son lanzas. Porque somos reales y estamos despiertas.

Cadaver Exquisito rescatado por Ann Abigayll

Creí que eras una piba de acá

Por Cecilia Laura Martínez Ruppel

Si hay algo que me fascina es hacer cursos. Dejando de lado lo académico, pues estudié periodismo, a lo largo de mi vida fui a talleres de crítica literaria, poesía, encuadernación, cocina natural, meditación, fotografía, ilustración y bordado, entre muchos otros, un poco porque soy hija del rigor y la constancia me sirve y también porque el compartir con otros apasionados en un área determinada me enriquece. En la novela que estoy leyendo, “Regina, 2 de octubre no se olvida”, un viejo best seller mexicano de Antonio Velazco Piña, hay una frase de la que tomé nota; es sencilla y dice: “Hay mucho que estudiar para poder estar seguro de no saber nada”. Así voy por la vida, intentando encontrar esa certeza.

Así y todo, no tengo dudas de cuál fue uno de los talleres que más me enseñó en toda mi vida y era bastante atípico. Para llegar a cursarlo tenía que levantarme bien temprano, tomar un colectivo y de ahí una combi envuelta en cumbia e historias oscuras que me dejaba en la puerta de una mole de cemento en medio del campo. Entonces debía dejar mi documento de identidad, pasar una reja, caminar unos doscientos metros, meter la cartera por un scanner, dejar el teléfono en un locker y cruzar otras dos o tres puertas más. Eran dos horas de viaje de ida y dos de vuelta, pero valía la pena.

Materiales ni necesitaba, así que no llevaba más que cuaderno y lapicera, pero sin esos elementos hubiera aprendido igual. Las docentes eran mujeres. A veces las mismas y a veces cambiaba el grupo. Algunas clases eran dos o tres y otras llegaban a unas doce, de diferentes procedencias y edades. Chicas de España, Bolivia, Bajo Flores, de veinte-pocos, de cuarenta, de sesenta y pico, dulces criaturas y señoras experimentadas, rebeldes y doñitas.

Hablo de un taller de escritura y periodismo que dicté en la cárcel de mujeres de Ezeiza en el marco de la organización YoNoFui. Un espacio al que llegué entre entusiasmada y abrumada (más de incógnitas que de expectativas) y que pronto se convirtió en mi lección de la semana. Me convertí en la que aprendía. Iba en calidad de docente junto a mi compañera María, pero si bien lo sistémico era necesario para organizar las clases los roles no tenían demasiado sentido allí: éramos todas mujeres que amábamos la libertad y eso era suficiente para reunirnos unas horas alrededor de un mate y galletitas a desenredar nudos, compartir ideas y experiencias, hablar y hablar de emociones, leyes, alegrías e inmensos dolores.

Recuerdo los viajes de regreso a casa, la caminata hasta la redacción en la que trabajaba en el barrio de Palermo. Siempre iba pensando en mi vida en relación a lo que acababa de conversar, enterarme o vivir en la sección de Educación del penal. Siempre algo aprendido, un insulso drama interno a relativizar, una invitación a practicar el desapego, la tolerancia, la unión y la valorización del cuerpo, de las relaciones, de los espacios propios y, por supuesto, de la libertad.

Una mañana helada llegué y tuve que esperar bastante a que vinieran las chicas. Era usual, porque el servicio penitenciario solía declarar sorpresivamente requisas, cierres del paso –lo que impedía a las internas salir de su respectivo pabellón- o lo que fuera. Estaba sola en la puerta del aula de cara al patio en donde un cuadrado de cielo permitía ver pasar alguna que otra paloma cuando se me acercó una mujer joven y me dijo: “¿Y vos quién sos?” Le respondí que Cecilia, que iba a dar un taller de escritura y periodismo y me pidió disculpas por lo que ella consideraba un error: “Creí que eras una piba de acá”. Pensé mucho en esa frase. En las cosas que no me hacían una “piba de acá” y en las que sí. En los territorios y los espacios. Una piba de acá del Planeta Tierra, una piba Latinoamericana, de Argentina, de Capital, del género femenino, ¿De este lado de la reja o del otro?

Mientras tanto participaba de otra instancia más: dar clases a mujeres que ya habían salido del penal. Nos encontrábamos en Bonpland y Honduras, al lado del mercado, a charlar, escribir, leer, debatir artículos de grossas como la socióloga, historiadora y feminista boliviana Silvia Rivera Cusicanqui o la francesa Virginie Despentes, autora de Teoría King Kong. Ahí teníamos gatos a los que dábamos de comer. A veces llegábamos y estaba todo lleno de plumas y sangre porque habían atrapado alguna paloma.

La cadena se repite en todos lados. El más fuerte atrapa al más débil, se lo come para sobrevivir y a veces incluso lo zarandea de acá para allá por diversión nomás, a modo de juego perverso. Sin embargo, nosotras ahí adentro éramos todas iguales, no había jerarquías ni diferentes especies.

Todas humanas, cada una compartía su cualidad más desarrollada para contener y ayudar a las demás. Nos acompañábamos y festejábamos. Íbamos aún cuando no teníamos muchas ganas de madrugar porque valorábamos esos encuentros, un tesoro preciado en mi día favorito de la semana porque era el que me permitía verme en diferentes espejos de carne y hueso con mayor claridad.

Desde hace un tiempo mi existencia me lleva por otros caminos y estar de viaje constantemente me impide continuar colaborando con YoNoFui de manera estable. Sin embargo, ahí siguen las mujeres-maestras. Lili, Eli, las Marías, Lore, Cari, Eva… Forman un colectivo editorial con el que logramos publicar la revista YoSoy, dan entrevistas a la tele, escriben, participan de foros y debates, esparcen su magia por ahí. Porque YoNoFui, incluso con Juan Pablo, Rosendo, Ale, los hombres que participaron o participan, somos una sola que va mutando hace años hacia el mismo propósito: la igualdad, los mismos derechos, la libertad para todas las mujeres que es La Mujer, siempre la misma.

Jamás en mi vida me voy a olvidar –lo escribo y se me pone la piel de gallina- del día en que estaba dando clase en el penal y comenzó a nacer en el aire un ruido cada vez más intenso que invitaba a quedarse paralizado. Cuando pregunté qué pasaba me explicaron que alguien se iba de la cárcel y ese golpear de rejas era la manera de las demás mujeres de despedir a la que lograba salir. Ni como la docente más brillante de comunicación hubiera podido escribir un mensaje que dijera tanto de manera tan hermosa y salvaje.

Una mujer tropical

Entrevista a May Pulgarín

May es colombiana, de Medellin, se vino a España a los 16 años. Hace diez años que vive en Madrid y hace 7 empezó a diseñar su artesanía. Al principio con un aspecto y un estilo más tradicional, luego se fue empapando poco a poco de movimientos e influencias reivindicativas.

“Desde pequeña me encantaba dibujar mujeres, con un matiz super femenino”. Luego comenzó a estudiar en la Escuela de arte 2, donde perfeccionó su técnica y enfocó su trabajo hacia el diseño. Todo fue mutando y evolucionando hasta lo que es hoy: una mujer multi disciplinar, que discute, cuestiona y hace arte con todos esos encuentros y reflexiones.

Dentro de sus creaciones nace el proyecto Tropidelia, un propósito que integra el diseño de ropa independiente, pintura e ilustración.

“Tropidelia nace con la idea que hacer muchas cosas al mismo tiempo, cosas que le puedo ofrecer al mundo, en relación a lo que fuí viviendo y en relación a mis influencias, integra cosas que me cuestiono. ¿Por qué actuamos en una manera determinada? ¿Por qué nos movemos, nos comportamos y nos expresamos así como mujeres?”.

Su ropa es atrevida porque a May le molesta que haya cosas que se piensen de una forma y no se discutan, ¿Quién dice que no se tiene que mostrar? ¿Quién dice que me tengo que depilar todo el cuerpo?. “Mi contracorriente es mi cotidianidad, no voy a conceptos profundos, creo que en el día a día hay muchas cosas que se nos meten en la cabeza y podemos trabajar con eso”. Profundiza una y otra vez el hecho de que no tenemos que ser perfectas, que no tenemos que ser bonitas o estar arregladas.

May tiene cosas de las que no se puede despegar, por una parte los colores, la abundancia, “el horror vacui, es es el término que me identifica. No hay que dejar espacios vacíos, es algo que me acompaña desde siempre”. Me nombra a Frida Kahlo, Sue kreitzman y Yayoi Kusama, y me dice: “creo que ellas también lo tienen”.

May no es una diseñadora y listo, es una mujer que reflexiona su contexto, con un historial familiar machista, rodeada de mujeres machistas, inmersa en una infancia en la que le decían que ser mujer tenía que corresponder a ciertos cánones de belleza determinados. ¿Cómo lucha ella con todo eso? creando un mundo de colores a su alrededor, jugando con sus raíces y sus gustos personales.

El día que ví la sangre llamada menstruación

No tenía idea de lo que me había pasado. Tenía 12 años, estaba en un campamento con mis compañeros del colegio. Me dolía la panza, sentía algo raro, fui al baño y ví sangre. Mi cara se transformó. Me encerré y me quedé esperando que no sea nada grave. Una profesora vino por mí, y con mucha vergüenza le comenté mi situación. SOS SEÑORITA!!! Me dijo. Y salió a gritarlo por los pasillos cual loca liberada luego de alguna situación dramática. Todas las chicas habían ido preparadas “por las dudas”. Yo, sin embargo, no sabía que ese “por las dudas” podía existir.

“¿Te duele?” Me preguntaron. “Creo no, pero me siento incomoda con esto puesto, siento que se me nota”. “¿Pero cómo es?” Me cuestionaban. “No se..no es sangre roja, como cuando te lastimas, sino distinta, como oxidada”.

Cuando volví a mi casa me encerré en el baño y llamé a mi mamá:

“Mamáaaa, creo que soy señorita..” “¿Cómo creo?” Me responde. “No se… se dice así? Es horrible”. Mi mamá se ríe: “se dice como quieras, y te felicito, igual sos chica para eso no?, creo que nunca te había comentado que esto te iba a pasar todos los meses”. “¡TODOS LOS MESES PASA ESTO???? Y no, no me habías comentado”.

Así es, todos los meses las mujeres pasamos por este periodo. Y siempre es comentado. No traumático, sólo que a veces es incómodo y otras, cuando sos chica simplemente te lo muestran como algo espantoso o simplemente escandaloso.

Cuando el sangrado nos toma por sorpresa pensamos en lo poco precavidas que somos. Pero la realidad es que nuestra mente se encuentra en varios lugares al mismo tiempo, y no podemos prevenirlo. Sin embargo nos enojamos mientras limpiamos  con un jabón y un cepillo lo que hemos manchado. ¡Durante ese tiempo podría hacer otra cosa! Pienso. Pero no, acá estoy yo limpiando mi ropa interior, una sábana, un pantalón. Una vez me manche tanto el pantalón que estuve con un sweater atado a la cintura durante todo día en el trabajo, mientras mi colega me decía, “Paloma, es que es luna llena y estás cerca del mar… te vas a desangrar querida” y yo me sentía adolescente inexperta tratando de tapar algo durante horas, pasando frío, porque no podría ponerme ese sweater, no, tenía que permanecer en la moda de los 90 durante 4 horas más.

La mayor parte de los hombres no tienen conciencia de que se trata de un ciclo que va más allá del sangrado en si. Existe también un periodo premenstrual, donde muchas mujeres se hinchan, están más sensibles, más gritonas, más lloronas y con menos paciencia de lo habitual. Durante ese periodo nos comemos todo el chocolate que está a nuestro alcance y justificamos todas nuestras miserias con un “estoy hecha una fiera”. Nos salen granos en la cara, nos sentimos molestas y con ganas de llorar frente a una comedia romántica con poco sentido. Luego, el periodo de sangrado se soporta con mayor fluidez. ¿Acaso es machista justificar mis actos con un “me esta por venir”? claro que no, porque el síndrome premenstrual existe realmente, y es más intenso de lo que muchas mujeres y hombres piensan, así es, intenso. Consiste en un conjunto de síntomas físicos y psicológicos que afectan a muchas mujeres aproximadamente de cuatro a seis días antes de la menstruación. Algún estudio de alguna universidad extranjera de nombre extraño comprobó que tres de cada cuatro mujeres lo sufrimos y que se intensifica desde los 20 a los 40 años.

Lo cierto es que la menstruación es el segundo paso luego de este síndrome y es inevitable. A veces nos alivia de un susto y otras la odiamos por aparecer en la circunstancia inoportuna luego de una cita programada.

La realidad es que la mayoría de las mujeres lo sienten como una condena y tienen que dejar de hacerlo. ¿Acaso la menstruación es un castigo porque no estoy embarazada? ¿Porque soy mujer y no traigo hijos al mundo?. Suena trágico, pero muchas mujeres se sienten así todos los meses, con culpa y desprotegidas. “Tu cuerpo te pasa factura por lo que deberías estar haciendo”, y la naturaleza se vengó de la peor manera. Luego la sociedad hace que te sientas así, poco natural. Pero no mijo, menstruar es salud y al que no le guste que se mude de planeta.

*La foto estuvo expuesta en una muestra sobre el ciclo menstrual en la galería Rizoma en Madrid, sacada por mi y con las manos de Ana. 

Viajar sola, sin dinero y sin miedo.

Nunca vuelve el viajero: quien viaja, cambia. Y eso mismo le pasó a Elisa cuando comenzó con este ritual. Viajar solas, sin miedo y sin dinero se volvió un boca a boca en el ámbito feminista.

“Empecé a viajar sola a los 22 años, después de terminar dos cosas, la carrera y una relación de maltrato. Huir, así fue mi primer viaje, con miedo y el autoestima baja. Fue enfrentarme a todo para volver siendo otra persona. Me fui a Estados Unidos y en ese viaje me metí en el activismo de la lucha racial a partir del caso de Eric Garner”.

Después de verla en la plaza de Sol con muchas mujeres y hombres a su al rededor escuchándola con atención, pensé que este tipo de talleres son realmente útiles, porque hay cosas que nunca se dicen, y otras que se dan por hecho, ciertos mitos, que como mujer hacen ruido y no te dejan soltar las riendas de tu libertad y sacar un pasaje con los ojos cerrados.

“Viajar sola ha sido el mayor impulso de empoderamiento que he tenido en mi vida”.

Elisa dijo que “viajar sola es un acto subversivo” y tenía razón: “Tanto eso como viajar acompañas de otras mujeres, porque estás tomando un espacio que no pertenece a tu entorno”.

El taller trata sobre el concepto de viaje responsable, diferenciar el turista del viajero y de ser conscientes que viajar con un pasaporte en la mano y tener cierto color de piel que no supone ciertos controles del estado terminan siendo un privilegio dentro del mundo xenófobo y desigual en el que vivimos.

Luego concluye con consejos prácticos a la hora de viajar sin dinero, en el momento de hacer auto stop, o cuando buscamos un lugar donde dormir, teniendo en cuenta que “no se trata de viajar sin dinero, sino que se trata de tener una ideología anticapitalista que respalde esa aventura”.

Somos mujeres y queremos viajar solas. Claro que las mujeres tenemos más desventajas que los hombres a la hora de movernos en espacios públicos, estamos más expuestas a agresiones de todo tipo. “Existe la trampa de pensar que es mas fácil, porque se supone que no pareces una amenaza, sin embargo, esa confianza que se puede transmitir siendo mujer quizás no la tenemos nosotras mismas a la hora de hacer auto stop o a la hora de dormir en casa ajena. Eres una víctima potencial todo el tiempo”.

Viajar como evasión de la mente y reafirmación del cuerpo. Todas las mujeres que hemos viajado solas hemos tenido experiencias buenas y malas de acuerdo a esta idea. De todas maneras eso no nos debe detener, ¿Por qué? “Porque hay cosas que nos pueden pasar en nuestra propia esfera privada. Lo que pasa es que estando fuera estamos más alerta, porque creemos que tenemos más peligro, cuando no es así”. 

Durante los viajes en soledad pueden pasar situaciones fortuitas y otras que te pueden paralizar. “Estando de viaje por los Balcanes me quedé en un hostal, salimos una noche con la chica de la recepción y ella acabo invitándome dos días más a quedarme con su familia. Mucha gente tiene curiosidad cuando te ven sola, sienten que te están conteniendo o protegiendo. Por otro lado, una vez un hombre comenzó a acosarme, no dejaba de perseguirme preguntándome donde estaba mi novio, estaba claro que si no había un hombre para reclamar la posesión de mi persona no iba a dejar de molestarme”.

Elisa continúa, “hay que saber encontrar el punto entre ser precavida con sentido común, y no dejarse llevar por mitos. El patriarcado está en todas partes, no solo cuando te vas de viaje. Cada país es machista de acuerdo a su estilo, hay distintos niveles y distintos peligros, por eso es mejor estar informada, pero no dejar de ir, porque sino te quedas en tu casa encerrada y no es la idea”.

La información es poder. “si piensas hacerlo no lo dudes. De todas maneras, mientras más informada estés sobre la gente, la cultura y demás, mejor será tu viaje. Es difícil distinguir la línea entre lo que defiendes, lo que ves y lo que practicas durante el viaje. Lo fundamental es no poner en riesgo tu seguridad por defender algo, porque lo primero eres tu y tu integridad”.

Elisa se irá este verano a Francia a dar este mismo taller, luego tiene pensando irse a Centro América. Mientras continuará sus relatos en Revolution On The Road, página donde narra sus experiencias.  A pesar de las malas experiencias que le pasaron rescata lo positivo y sabe diferenciar entre lo que una mujer puede exponerse estando lejos de su casa y lo que puede pasarle sin haber salido de su propia ciudad. Al final todo termina, menos un viaje.

Ilustración: Elena Titos

Gracias a Elena Titos por la ilustración.

No quiero nada debajo de mi camiseta

Tengo el recuerdo de llegar a mi casa, con ganas de sacarme todo, ponerme el pijama y un par de pantuflas con forma de oso en mis pies. Pero primero que nada, antes que todo, desabrocharme el corpiño/sujetador.

Hace meses que no lo uso. Hay gente que me mira como si mi decisión vaya a afectar a perritos abandonados por familias en medio de una ruta. Que baja la mirada como si mis pezones vayan a atacar a alguien y que me dicen, SE NOTA. Es que a todos se nos nota algo, si sos pelotudo también se te va a notar, no te preocupes.

Desde chica tuve una relación bastante particular con mis tetas, me crecieron de golpe, de muy pequeña. No era de esas que las ocultaba por vergüenza, son mis tetas, es mi cuerpo y jamás me molestaron.

Hace meses me saqué el corpiño/sujetador. Salí a la calle, pasaban los días y seguía sin ponérmelo. Que cómoda que estoy, que práctico que es vestirse. Aunque siempre hay alguna mujer que te dice.. ay no se… yo me sentiría incomoda si no uso.. bueno bueno, dale unos días, me río. Es posible que esta incomodidad viniese por una falta de costumbre que por una incomodidad física real.

Es que las tetas tienen que verse perfectas, tienen que estar bien juntas y que un buen escote sea perfectamente visible para los hombres. No tiene nada que ver con los cánones de belleza establecidos, claro que no, es que a todas las mujeres nos encanta estar con alambres, que nos sujeten algo para que no se caiga, sobre todo en verano, si, que haya más y más tela en nuestro cuerpo.

Existen ciertas cuestiones sobre el exhibicionismo que jamás me han molestado, ya lo escribí. Cuando estás desnudo está muy bien tener el control y no hay nada que el otro no haya visto antes.

Terror a que se nos caiga el pecho con la edad. Todo depende de su tamaño, de su forma y de la piel de cada persona. Soy joven y hablar de tetas caídas no es muy apropiado porque supongo que la gravedad y la edad harán de las suyas con el tiempo. Pero no creo que esto sea una cuestión.

No soy valiente por no usar corpiño/sujetador, por ver a través de mi camisa mis tetas imperfectas. Solo quiero estar cómoda, con mi ropa, mi cuerpo, con mi cotidianidad. Aunque todavía exista gente que me mira con gestos de desaprobación.

No se preocupen, a veces uso, cuando no quiero ser el centro de atención en alguna fiesta con un vestido medio transparente, cuando quiero hacer ejercicio, cuando tengo que bajar corriendo 10 pisos por escalera.

Hace meses que me lo saqué. No puedo agregar nada más que un consejo. Pregúntese porque lo usa y hágalo usted misma.

El bendito pelo

En esta columna no voy a hablar cuando la mujer se hace un simple corte de pelo y el hombre no se percata. Esa desatención no tiene cura.

Lo que voy a tratar es la relación que la mujer tiene con el pelo en general, las peleas con la depilación y los enojos frente a miradas juzgadoras, tanto de hombres, como de otras mujeres.

Empieza en la adolescencia y sin darnos cuenta, tenemos pelo en la cara, piernas, brazos, axilas y el más odiado por muchos, el vello púbico. En realidad nadie te explica que ese vello sale y que en algún momento hay que quitarlo. Un día se me ocurre buscar entre las cosas del baño, hasta que encuentro una afeitadora, y listo. Me deshago de todo lo que está a la vista. Todavía no entiendo hacia que dirección debe ir la cuchilla, me corto sin querer, hasta que salgo limpia, sin pelo en las piernas o en las axilas.

El pelo es una de las tantas preocupaciones que tenemos las mujeres. Invertimos muchísimo dinero y tiempo en él. Según muchas personas el pelo existe en varios lugares equivocados: cejas, labio superior, barbilla, axilas, piernas, pezones, pelvis y todo su alrededor. Algunas osadas se animan a decir que también se depilan los brazos.

Contra todo ese pelo que acabo de nombrar surgen una serie de programaciones mentales y cálculos matemáticos increíbles.

Ejemplo: existe una supuesta cita con un hombre. A ese mismo hombre le pueden avisar durante esa misma tarde que a la noche tendría su cita, y no habría ningún tipo de inconveniente. El hombre puede darse una ducha, elegir algo para ponerse y salir espectacular.

Según algunas mujeres con las que hablé, “la mujer necesita por lo menos una semana de tiempo para calcular el crecimiento del pelo en ciertas partes del cuerpo, y así poder hacer una depilación perfecta”. ¿Qué pasaría si tengo una cita esta noche? Me miro al espejo, y pienso, “debo tener un pelo de tres días sobre mi pubis, es decir: si esta noche planeo desnudarme no habría ningún problema, aparte pienso emborracharme y hacerlo en un cuarto bien oscuro”.

A los 3 minutos vuelvo a mirarme y pienso: “y si me quedo a dormir? A la mañana ya se notaría este pelo, que para ese momento ya sería un pelo de 4 días. Tengo que hacer algo. También me tendría que depilar las piernas, pero lo tendría que haber hecho ayer, si lo hago ahora tendría lo folículos abiertos, entonces la crema crea un efecto horrible en mi piel y mis piernas terminarían pareciendo piernas con varicela”. “Para depilarme el labio superior y cejas ya es tarde, haga lo que haga me va a quedar colorado y quizás un poco hinchado, y no me voy a arriesgar a que me vean así por la calle”. “Para las axilas podría pasarme la afeitadora, aunque eso solo lo hago en vacaciones y me parece que nunca termina de quedar como a mi me gusta”.

Todo este preparativo también cuesta dinero, no me extraña que las mujeres tengamos cada vez más sexo, hay que hacer redituable esa inversión y tiempo que gastamos para que alguien nos mire y no le demos asco.

Todo lo que acabo de explicar no tiene ningún sentido si no nos centramos en el vello púbico. Ese pequeño triángulo entre las piernas con el que lidiamos cotidianamente. Empezó a ponerse de moda con la pornografía, las tomas debían salir claras y perfectas; actualmente todas las vedettes, modelos y actrices nos dejan bien en claro que no tienen un pelo que sobresalga, que el pelo no existe, que esa zona debe quedar lisa y perfecta, como si nunca hubiese crecido nada.

Hubiese estado bueno tener algún tipo de debate sobre este tema. La verdad es que es doloroso, cuesta mucho dinero y no es para nada fácil de mantener. Todo este trabajo no es para parecer una modelo, ni ser demasiado sexy, ni llamar demasiado la atención.

Todo este trabajo es para parecer una “mujer normal”. Tener una cara limpia y una entrepierna presentable.